Paños fríos para los entusiastas del alineamiento carnal con China

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En los últimos años se han multiplicado las voces desde la política, la academia y hasta del mundo empresarial acerca de la necesidad de una política exterior y económica de la Argentina más y más cercana con China. Se combina un atávico anti EEUU de ciertos sectores sociopolíticos, la idea que el gigante asiático más temprano que tarde ganará la puja hegemónica contra Washington y la percepción de que la economía argentina y de China son altamente complementarias y sinérgicas.

Tambien, el poder blando chino que hace que los sectores de izquierda seudo marxistas y/o seudo nacionalistas no vean con malos ojos la base satelital en Neuquén controlada por los militares de Beijing y la masiva depredación del mar argentino. Cabe imaginar que pasaría si los EEUU hiciese una o ambas cosas en nuestro territorio.

En otras palabras, los bulliciosos anti imperialistas pasan a ser silenciosos espectadores. Frente a todo ello, la política exterior y de Defensa nacional del próximo o mejor dicho de las próximas administraciones de la Casa Rosada, deberían asumir un abordaje prudente, realista y sin carga de clichés y voluntariados sin fundamentos. No faltarán los simplistas que afirmen que si en los años 90 el peronismo en su fase Menem hizo un supuesto alineamiento con Washington, hoy es lógico y legitimo hacerlo con Beijing.

Esta premisa parte de dos errores fundamentales: la política exterior 1989 a 1999 se dio en un escenario internacional caracterizado por la unipolaridad y en donde la misma China y la devastada URSS y luego Rusia, buscaban desesperadamente espacios de dialogo y cooperación con los EEUU. El otro, es que la diplomacia Argentina de aquel entonces tambien tuvo como norte el reforzamiento de las relaciones de todo tipo con Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Bolivia, de la mano del MERCOSUR. La creación de ese espacio económico, comercial y de coordinación de políticas, dista de ser funcional a un supuesto alineamiento carnal con la Casa Blanca.

En la segunda década del siglo XXI, la unipolaridad ha ido dando lugar a un nuevo bipolarismo entre los chinos y los americanos. Sin olvidar que nuestro país se encuentra en la zona de influencia histórica de los EEUU tal como es el hemisferio americano. Asimismo, el creciente interés de las agencias ligadas a la Defensa y a la Seguridad Nacional de la superpotencia por el Atlántico Sur, Antártida y pasos estratégicos entre los mares, le dan Cono Sur un espacio de mayor importancia relativa en los diseñadores de políticas en Washington.

El gran desafío de China es y será por largo tiempo, debilitar en todo lo posible la primacía naval americana en el Pacifico y su entramado de aliados que día a día se acercan mas a los EEUU, tanto sean los tradicionales Japón, Corea del Sur, Taiwán, Australia y Filipinas y los nuevos como India y Vietnam. Sin olvidar el masivo rearme que han lanzado todos estos países en fase anti China.

Por último, pero por ello no menos importante, cabe mirar con cuidado las nuevas dinámicas políticas y económicas que viene presentando China hace ya varios años. Comenzando por una sustancial reducción de su famosa tasa de crecimiento de 9 al 10 porciento anual o aun más por otra en torno al 3, 4 o 5 por ciento. También los serios desafíos en desactivar bombas en el mercado inmobiliario, así como otras potenciales burbujas.

Nada de esto hace pensar en un colapso agudo pero si en la importancia de mirar las dinámicas presentes y futuras y no quedarnos con las glorias del pasado. En un extraordinario informe elaborado por el renombrado economista Ricardo Arriazu y expuesto en el CARI en septiembre del presente año, se analizan en detalles algunos indicadores de mediano y largo plazo tanto de China como de los EEUU. Comenzando por una variable clave, como es la edad promedio de la población para una superpotencia como China con aspiraciones revisionistas y de expansión geopolítica.

En 1950 los menores de 20 años representaban el 44 por ciento, en el 2021 él 23 por ciento y se estima un 15 por ciento para el 2050. En tanto que los EEUU del 34 por ciento al 21 por ciento. Los mayores de 65 años chinos pasarían del 5 por ciento en 1950 al 30 por ciento en 2050. Por su parte los americanos, del 8 al 23 por ciento. En cuanto al crecimiento anual estimado del PBI hasta el 2050 sería de 5,5 para para China y de 4 para los EEUU. Convergiendo ambos a dos PBI en tormo a los 79 y 76 trillones de dólares respectivamente.

Aliados de los EEUU como Europa, sin contar Rusia, estaría en 40 trillones y la India en 25 trillones. En tanto que los rusos y Brasil empatados en 6 trillones. En otras palabras, todo indica que vamos a hacia una larga bipolaridad donde ninguno de los dos colosos podrá subestimar a su rival y con un final abierto y donde la estabilidad de los sistemas políticos, cohesión social y adaptabilidad a los cambios económicos, tecnológicos y climáticos serán de gran importancia.

El regreso de China al mandato indefinido de su gobernante, que había sido prohibido desde 1978, y al culto a la personalidad, quizás sea a futuro un activo a favor de los EEUU en esta maratón geopolítica. Volviendo a una potencia intermedia y llena de problemas y fragilidades políticas y sociales como la Argentina, la tarea de los gobernantes requerirá de un conocimiento cabal de la política mundial, de cero exitismo y sin búsqueda de atajos.

Finalmente, para los fascinados con China como vía de salvación y de distanciamiento y confrontación con los EEUU y las democracias Occidentales, cabria recordar esta advertencia: “No se trata de cambiar de collar sino de dejar de ser perro”, Arturo Jauretche.

 

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