El gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi impulsa un proyecto para frenar el achicamiento de la familia imperial mediante la adopción de descendientes varones de ramas colaterales, mientras la opción de habilitar emperatrices —respaldada por el 83% de la opinión pública— queda nuevamente postergada.
Japón dio un paso concreto hacia la reforma de su Ley de la Casa Imperial, pero el proyecto presentado esta semana al Parlamento evita el punto que más divide a la sociedad japonesa: la posibilidad de que una mujer ascienda al Trono del Crisantemo. El texto, aprobado por el gabinete de la primera ministra Sanae Takaichi, busca revertir la contracción de la familia imperial mediante dos mecanismos: la adopción de varones de líneas masculinas pertenecientes a ramas colaterales que perdieron su estatus tras la Segunda Guerra Mundial, y la posibilidad de que las mujeres de la familia imperial conserven su condición tras casarse con plebeyos.
Una monarquía que se achica
La familia imperial japonesa, la monarquía hereditaria más antigua del mundo, cuenta hoy con apenas 16 miembros, luego de haber llegado a 26 tras el nacimiento de la princesa Kako en 1994. El origen de esa contracción se remonta a 1947, cuando 51 integrantes de once ramas colaterales fueron excluidos de la familia imperial por orden de las autoridades de ocupación estadounidenses, reduciendo su tamaño de 67 a 16 miembros.
En la actualidad, el emperador Naruhito, de 66 años, cuenta con apenas tres herederos varones: su hermano menor, el príncipe heredero Fumihito, de 60 años; su sobrino, el príncipe Hisahito, de 19; y su tío, el príncipe Hitachi, de 90. Si Hisahito no tiene hijos varones, el proyecto habilitaría que un descendiente de las familias adoptadas pueda eventualmente acceder al trono, aunque los propios adoptados no tendrían derechos de sucesión.
El nudo sin resolver: mujeres con estatus a medias
Bajo la reforma, princesas como Aiko, hija del emperador, de 24 años, o Kako, sobrina de Naruhito, podrían conservar su lugar en la familia imperial tras el matrimonio, algo hoy vedado. Pero sus esposos e hijos quedarían fuera del registro imperial y pasarían a un régimen intermedio, sin ser plenamente miembros de la familia ni ciudadanos comunes. Un funcionario de la Agencia de la Casa Imperial describió esa figura como un estatus a medio camino entre la pertenencia imperial y la condición de ciudadano ordinario.
La Alianza Reformista de Centro, uno de los partidos de oposición, cuestionó justamente ese punto, al considerar que la fórmula fractura la unidad familiar. El proyecto, elaborado a partir de un consenso entre oficialismo y oposición, evita de manera deliberada la pregunta de fondo —si una mujer puede heredar el trono— y posterga cualquier debate al respecto hasta después de la eventual sucesión de Hisahito.
Tradición patrilineal versus opinión pública
Takaichi, primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra en Japón, defendió ante su partido la continuidad de la línea masculina como fundamento de la legitimidad imperial, al remarcar que la sucesión se mantuvo por vía paterna durante 126 generaciones. Su postura contrasta con una encuesta de Kyodo News de mayo, según la cual el 83% de los japoneses respalda la posibilidad de una emperatriz.
Historiadores especializados en la Casa Imperial señalan que la regla de sucesión exclusivamente masculina es en rigor una construcción moderna: se sistematizó recién en la era Meiji, bajo influencia de concepciones de linaje de origen chino y del contexto de un sistema de concubinato hoy inexistente. Códigos anteriores, como el Yoro de la antigüedad, no excluían explícitamente a las líneas femeninas, y la propia historia japonesa registra ocho emperatrices a lo largo de diez reinados, entre ellas Suiko y Jito.
Un contraste con otras monarquías
Mientras Japón mantiene la restricción patrilineal, otras monarquías avanzaron hacia la igualdad de género en sus reglas de sucesión: el Reino Unido adoptó la primogenitura sin distinción de sexo en 2013, y Suecia y Noruega hicieron lo propio tiempo antes.
El proyecto japonés, en cambio, plantea revisar el sistema cada tres décadas, pero sin comprometerse a habilitar la sucesión femenina o por línea materna, un escenario que sectores conservadores buscan evitar por temor a que abra la puerta a un emperador de línea no estrictamente paterna.
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