Indonesia conquista la arena internacional con la cumbre del G-20

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Con una cuidada combinación de mano izquierda, saber estar y organización, los anfitriones de la cumbre han logrado que imperase cierto sentido de entendimiento y cooperación en un momento de tensión

Pese a ser la mayor economía del sudeste asiático y el cuarto país más poblado del mundo (280 millones de habitantes, la gran mayoría musulmanes), Indonesia se caracteriza por mantener un perfil bajo en la arena internacional, donde ocupa un lugar menos prominente del que a priori le corresponde.

Esa percepción dio un vuelco en la reciente cumbre del G-20 que acogió la paradisiaca Bali, una de las 17.000 islas que conforman su territorio. Allí, con una cuidada combinación de mano izquierda, saber estar y organización, los anfitriones lograron que imperara cierto sentido de entendimiento y cooperación en un momento de tensiones disparadas -guerra en Ucrania, misiles norcoreanos, tiranteces China-EE.UU.-, que incluso cristalizó en una declaración conjunta final que días antes parecía inalcanzable.

“Antes, casi todo el mundo era pesimista”, subrayó el miércoles la ministra de Exteriores indonesia, Retno Marsudi. “En reuniones internacionales anteriores, todos los demás fallaron, por lo que llegar a esta declaración final con el consenso de todas las partes es, en mi opinión, extraordinario”, se felicitó.

Gran parte del éxito es atribuible a su presidente, Joko Widodo, más conocido como Jokowi. A sus 61 años, el estilo afable y sonriente de este antiguo vendedor de muebles dotó de una buena dosis de serenidad al tenso encuentro. El líder marcó la pauta en todo momento, ya fuera haciendo una llamamiento al fin de la guerra en Europa o llevando a los líderes a plantar manglares bajo el calor tropical para llamar la atención sobre el cambio climático. De remate, cubrió sus propios intereses nacionales al lograr 20.000 millones de dólares en financiación para descarbonizar su economía.

Más de medio siglo después de acoger la Conferencia de Bandung (1955), origen del Movimiento de Países No Alineados en plena guerra fría, Indonesia sigue izando la bandera de la no alienación en un mundo de nuevo dividido en bloques. Esto le permite participar en maniobras militares conjuntas con tropas estadounidenses en aguas cuya soberanía se disputa con China. Al mismo tiempo, refuerza sus lazos comerciales con Pekín, con la puerta abierta a sus inversiones en proyectos de infraestructura muy necesarios en un país llamado a ser la cuarta economía mundial a mediados de siglo.

Los últimos resultados no son flor de un día, sino la culminación de meses de labrada diplomacia. A finales de junio, Widodo no tuvo empacho en viajar 11 horas en tren desde Polonia hasta Kiev para entregar en mano al presidente Volodimir Zelenski la invitación a la cumbre del G20 que organizaba. Desde ahí, viajó a Moscú para hacer lo propio con Vladímir Putin pese a las presiones occidentales para que no le invitara.

Aunque ninguno de los dos aceptó su oferta, ambos países participaron en el foro. El Kremlin envió al ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, que permaneció en su asiento mientras Zelenski aseguraba por videoconferencia que no permitirán que Moscú “tome un respiro y reconstruya sus fuerzas” tras recuperar Jérson. Por su parte, el resto de líderes presentes también siguieron en sus sitios cuando el canciller ruso se dirigió a los presentes, en contraste con las espantadas registradas en foros internacionales previos.

Indonesia quiso que el foro recuperara parte de su esencia como centro de cooperación, aunque sea teórico, y su obsesión fue lograr una declaración conjunta. Para ello, fue clave el papel del equipo de Widodo a la hora de convencer a los líderes occidentales para flexibilizar sus posturas y moderar el lenguaje crítico hacia Moscú, de manera que países más reacios al señalamiento directo como China e India dijeran “sí” al documento.

“Indonesia merece un reconocimiento considerable por sacar esta cumbre adelante”, analizó Greg Poling, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, para Bloomberg. “Además, después de todos los fuegos artificiales políticos, pudieron discutir los temas reales que Indonesia quería en la agenda: seguridad alimentaria, cambio climático y seguridad energética. Eso es una victoria”, añadió.

Los acontecimientos recientes refuerzan el cambio apadrinado por Widodo en los últimos tiempos por aumentar gradualmente la presencia internacional de Indonesia. El año pasado, su gobierno desempeñó un papel notable en las negociaciones que llevaron a Washington a salir de Afganistán. La nación también lidera los esfuerzos de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) para hacer que la junta militar golpista birmana rinda cuentas.

Widodo cumplirá su segundo y último mandato en 2024. Hasta entonces, su principal objetivo seguirá siendo mejorar la situación de su población, agobiada por la inflación y la subida de los precios de los alimentos, y conseguir financiación para la nueva capital del país que se va a construir en Borneo. Eso sin dejar de apostar por el diálogo. “Necesitamos cooperación y colaboración, no rivalidades ni conflictos abiertos”, dijo poco después de despedir al último de los líderes internacionales presentes en Bali.

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