La cumbre entre la Unión Europea y China llega en medio de crecientes tensiones comerciales, disputas geopolíticas por la guerra en Ucrania y una relación cada vez más desequilibrada. A pesar de la desconfianza mutua, Bruselas y Pekín buscan mantener un diálogo estratégico.
La cumbre entre la Unión Europea y China, prevista para el jueves, llega en un momento crucial para ambas partes. Al menos sobre el papel. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha trastocado el tablero geopolítico, socavando antiguas alianzas, avivando tensiones latentes y sumiendo el comercio mundial en un caos vertiginoso.
El caos es tal que Bruselas y Pekín, enfrentadas desde hace tiempo por una serie de desacuerdos y recriminaciones, empezaron a barajar la idea de restablecer los lazos y reforzar la cooperación para capear el temporal inducido por Trump.
El hecho de que la cumbre coincidiera con el 50 aniversario de las relaciones diplomáticas no hizo sino acrecentar las especulaciones sobre un inminente acercamiento. En mayo, el presidente chino, Xi Jinping, dijo que el aniversario ofrecía la oportunidad de «gestionar adecuadamente las fricciones y diferencias, y abrir un futuro más brillante para las relaciones China-UE».
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y António Costa, presidente del Consejo Europeo, se sumaron a la narrativa predominante, comprometiéndose a «profundizar nuestra asociación con China». Pero entonces cambió la marea y el tono se agrió. La decisión de Pekín de restringir las exportaciones de tierras raras, los elementos metálicos cruciales para la fabricación de tecnologías avanzadas, causó una alarma generalizada en la industria europea y fue reprendida por Von der Leyen.
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