Indonesia ha vuelto a mover ficha en su estrategia energética y esta vez lo hace con una decisión mucho más ambiciosa de lo que parecía a comienzos de año. El país, uno de los grandes productores mundiales de aceite de palma, ha reactivado su apuesta por elevar la mezcla obligatoria de biodiésel desde el actual B40 hasta el B50, con la vista puesta en reducir importaciones de diésel fósil y ganar margen frente a la volatilidad del petróleo.
La noticia pesa más de lo que sugiere una simple cifra. En enero, el despliegue del B50 había quedado prácticamente congelado. Reutersinformó entonces de que Yakarta renunciaba a implantarlo en ese momento por problemas técnicos y de financiación, y optaba por mantener el B40 mientras seguían las pruebas y se revisaba el coste del programa.
Ese frenazo no era menor. El esquema indonesio depende de fondos procedentes de gravámenes sobre las exportaciones de palma para subvencionar el biodiésel, y la diferencia de precios entre el crudo y el aceite de palma había complicado la viabilidad económica del salto. A eso se sumaban ensayos sobre motores y maquinaria diésel que todavía seguían en marcha.
Pero el contexto internacional ha cambiado deprisa. Con el petróleo más caro y con el mercado energético tensionado por la guerra en Oriente Medio, el Gobierno indonesio ha recuperado el plan y lo ha convertido en una pieza de su discurso de seguridad energética. Reutersrecogió el 30 de marzo que el presidente Prabowo Subianto confirmó que Indonesia seguirá adelante con el B50 este mismo año.
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