Semanas después de que su país fuera azotado por oleadas de ataques israelíes y de que Estados Unidos bombardeara tres de sus preciadas instalaciones nucleares, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán acudió a una reunión de diplomáticos regionales en China esta semana con una petición sencilla.
Su grupo, la Organización de Cooperación de Shanghái, respaldada por Beijing y Moscú, debería tener una forma de coordinar la respuesta a la agresión militar y desempeñar un “papel central” al abordar tales amenazas, dijo Abbas Araghchi, según los medios estatales iraníes.
Junto con Irán, los otros miembros de la OCS, China y Rusia, son miembros clave de lo que los legisladores en Washington han denominado un “eje” de naciones autoritarias o una creciente alineación antiestadounidense de Irán, Corea del Norte, China y Rusia.
Pero la propuesta de Irán no pareció obtener el respaldo directo del grupo, un organismo de seguridad regional cuyos 10 miembros incluyen a socios cercanos como China y Rusia, pero también a rivales como India y Pakistán.
Y en el mensaje de Araghchi había una señal pública de la decepción de Irán: que en su momento de necesidad el mes pasado –cuando las fuerzas israelíes y estadounidenses atacaron a voluntad objetivos militares y tecnológicos de primera línea– sus poderosos amigos de Beijing y Moscú parecieron quedarse al margen.
Aun así, en una reunión el miércoles con el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, en Tianjin, China, Araghchi “agradeció a China por su valioso apoyo a Irán”, según un comunicado chino.
A principios de este mes, en una cumbre de los BRICS, otro grupo de importantes economías emergentes respaldado por China y Rusia, el Estado miembro Irán recibió poco más que una declaración de “seria preocupación por los ataques deliberados a la infraestructura civil y a las instalaciones nucleares pacíficas”.
La declaración “condenó” los ataques pero no nombró a Israel ni a los Estados Unidos.
Sin embargo, la respuesta pública de China –condenar explícitamente los ataques, pero no asumir un papel directo evidente en la pacificación– fue vista ampliamente como una señal de los límites de su poder en Medio Oriente, a pesar de su intento en los últimos años de incrementar su influencia económica y diplomática en la región.
En cambio, Beijing se ha centrado en utilizar el conflicto para transmitir otro mensaje: que China no quiere ser un líder global que utilice el poder de la misma manera que Estados Unidos.
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