Es la planta de Kashiwazaki-Kariwa. Sus siete reactores estaban apagados desde el desastre atómico de 2011.
Quince años después del desastre atómico de Fukushima, Japón dio ayer miércoles un paso simbólico y político en su estrategia energética: puso nuevamente en marcha la central nuclear de KashiwazakiKariwa, la más grande del mundo por capacidad instalada. Las siete unidades de la planta estaban paradas desde el accidente nuclear de 2011, que disparó un debate en el mundo sobre la seguridad de esa fuente de energía.
El reinicio del reactor número 6 del complejo, operado por la empresa Tokyo Electric Power (TEPCO), marca el regreso gradual de la energía atómica en un país donde el recuerdo del accidente nuclear de 2011 todavía pesa fuerte en la opinión pública.
Ubicada en Niigata, a unos 220 kilómetros al noroeste de Tokio, Kashiwazaki-Kariwa cuenta con siete reactores y una capacidad total superior a los 8.000MW. A modo de comparación, el reactor más grande de Argentina, Atucha II, provee unos 745MW, es decir, poco menos de una décima parte.
En funcionamiento desde 1985, la planta japonesa estuvo cerrada desde el accidente de Fukushima Daiichi, también operada por TEPCO, que llevó al Gobierno japonés a ordenar el apagón de los 54 reactores nucleares del país luego del terremoto y tsunami que causaron unas 18.000 muertes.
El reactor 6 inició la reacción nuclear con un día de retraso respecto del cronograma original debido a un fallo en una alarma durante una prueba técnica. La Autoridad de Regulación Nuclear (NRA) había dado ese mismo día el permiso para avanzar con las operaciones de prueba, luego de años de inspecciones y exigencias de seguridad.
Para TEPCO y el Gobierno, la central es una pieza clave. La empresa invirtió unos 8.000 millones de dólares en la modernización del complejo, que ahora opera bajo normas de seguridad consideradas entre las más estrictas del mundo.
La decisión reabre un debate sobre la seguridad nuclear.
Tras años de desconfianza hacia lo nuclear, Japón empezó tímidamente a reactivar reactores a partir de 2015, impulsado por su fuerte dependencia de las importaciones de combustibles fósiles. En el ejercicio fiscal 2023, la energía nuclear aportó apenas el 8,5% de la electricidad, muy lejos del nivel previo a Fukushima, cuando representaba cerca de un tercio del total.
El nuevo plan energético aprobado en 2025 para los próximos cinco años consolidó ese cambio de rumbo. Por primera vez desde 2011, el texto elimina la consigna de “reducir la dependencia de la energía nuclear tanto como sea posible” y fija como meta que hacia 2030 la nuclear aporte alrededor del 20% de la electricidad. El objetivo oficial es combinarla con un fuerte crecimiento de las renovables, que deberían representar entre el 40% y el 50% hacia 2040, y una reducción gradual de la generación térmica.
Hoy Japón tiene 14 reactores activos. Para alcanzar sus metas, el Gobierno estima que necesitará unos 30 reactores en funcionamiento y no descarta extender la vida útil de plantas antiguas si cumplen con los requisitos de seguridad. La guerra en Ucrania, las tensiones en los mercados energéticos y el aumento previsto de la demanda eléctrica, impulsada por el desarrollo de la inteligencia artificial, aceleraron esa revisión.
La reactivación de la mayor central nuclear del mundo es presentada por las autoridades como una victoria estratégica: Japón gasta más de u$s 170.000 M al año en importaciones de energía y es el quinto mayor emisor global de dióxido de carbono. Pero cada reactor que vuelve a encenderse reabre, también, el debate sobre los riesgos de la energía atómica en un país marcado por una de las peores tragedias nucleares de la historia. (Clarín, Buenos Aires, 22/01/2026)
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