Scholz, ante el brevísimo y sumamente arriesgado viaje a China

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El canciller alemán, Olaf Scholz, estará este viernes en China para una visita brevísima -apenas once horas permanecerá en ese país- pero de alto riesgo político e incluso económico, que ha despertado recelos tanto entre sus socios de Gobierno como a escala internacional.

Scholz, en el poder desde hace menos de un año, será el primer líder de la Unión Europea (UE) que visita la República Popular China desde 2019. No lo hace como «representante» de la UE, indicaron fuentes gubernamentales, aunque sí «como europeo» y determinado a «sondear» al presidente Xi Jinping.

Desde el Ejecutivo de Berlín se ha insistido en marcar las diferencias entre este viaje y los que prácticamente cada año realizó al gigante asiático la anterior canciller, Angela Merkel, habitualmente acompañada de una gran delegación de empresarios e inversores.

No son tiempos para un «business as usual», insistieron las fuentes gubernamentales, en un encuentro previo con los medios. La «brutal agresión de Rusia a Ucrania» rompió los principios fundamentales de la ONU, mientras crece en la comunidad internacional el temor a una escalada en Taiwan.

Scholz confía en persuadir a Xi para que asuma su «responsabilidad especial» en tanto que miembro del Consejo de Seguridad de la ONU y no se comporte como un «aliado estrecho» de Moscú.

Nada «puede seguir como hasta ahora», según Berlín, no solo en lo político, sino también en lo económico y las relaciones comerciales con un país al que no se puede «desacoplar» de la globalización, según Berlín.

Scholz viajará con una reducida delegación de empresarios implicados en «segmentos muy concretos». China es la mayor potencia exportadora del mundo, en plena extensión de su dominio a través de operaciones como la controvertida participación en una terminal del puerto de Hamburgo.

El ejecutivo alemán finalmente autorizó la entrada de la empresa estatal china Cosco por un 24,9 %, asegurando que con ello se garantiza que no podrá ejercer una «influencia estratégica» en una infraestructura crítica.

Los dos socios del gobierno socialdemócrata de Scholz, verdes y liberales, habían criticado la operación, que se produce además cuando la guerra en Ucrania ha puesto de relieve la vulnerabilidad de las infraestructuras críticas.

Berlín ha tenido que reducir de forma acelerada la dependencia energética de Rusia heredada por Scholz y sus socios de los gobiernos anteriores -tanto el socialdemócrata Gerhard Schröder como la conservadora Merkel-.

A los recelos dentro del tripartito de Gobierno se suman los de los grandes aliados internacionales, Francia y Estados Unidos, puntales de la política exterior alemana desde tiempos del canciller fundacional, Konrad Adenauer.

«Nadie nos ha dicho: no vayáis», rebatió la fuente gubernamental, bajo condición de anonimato, en relación a esos recelos franceses o estadounidenses, para afirmar que «por supuesto» dichos socios serán informados convenientemente de los resultados del viaje.

En lo que compete a Pekín, la ministra alemana de Asuntos Exteriores, la verde Annalena Baerbock, parece estar más en sintonía con París o Washington que el propio canciller. En su reciente viaje de trabajo a Uzbekistán, la jefa de la diplomacia marcó las distancias respecto a éste y se ratificó en su defensa de una línea «más crítica» hacia China y atendiendo a la situación de los derechos humanos.

Desde distintas ONG se ha recogido con indignación la visita de Scholz a Pekín. No sólo por las consabidas vulneraciones a los DDHH o la represión de los uigures, sino también por el momento elegido para hacerlo, poco después de que Xi se haya asegurado para un nuevo mandato.

Las críticas se han extendido incluso a medios empresariales, que de defender o ansiar a ampliar sus inversiones en el país asiático han pasado a advertir de los peligros de la exposición excesiva a los intereses chinos por parte de empresas germanas.

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