2021/04/14 Política

Juegos peligrosos: el Gobierno, entre Estados Unidos y China

Argentina
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La Argentina debería promover una política prudente, cautelosa y en coordinación con los socios del Mercosur

Un nuevo acercamiento de la Argentina a la República Popular China fue adelantado por el secretario de Cooperación Internacional del Ministerio de Defensa, quien reveló que está en estudio la posibilidad de que las Fuerzas Armadas realicen ejercicios militares conjuntos con el gigante asiático. Las declaraciones del funcionario se conocieron al trascender el contenido de su disertación en un seminario organizado por el Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (CARI) -normalmente reservados- la semana anterior. La propuesta para que las Fuerzas Armadas de Argentina y sus pares chinas compartan ejercicios conjuntos por aire, mar y tierra se produce en momentos singulares. La información se conoció el pasado 5 de abril, a pocos días de la llegada del almirante Craig Faller, jefe saliente del Comando Sur y de Juan González, el principal asesor para temas de América Latina del presidente norteamericano Joe Biden. Los enviados de Washington llegaron a Buenos Aires en el marco de la creciente rivalidad estratégica entre China y los Estados Unidos, una realidad que extiende su alcance en todo el escenario global, y que está caracterizada por la inquietud que el despliegue de Beijing despierta en Occidente en general y en Norteamérica en particular. El propio Faller aseguró en declaraciones a la revista DEF que, según la estrategia norteamericana, China y Rusia son actores globales rivales del mundo libre y que “Rusia siembra mentiras y desinformación en forma rutinaria”, al tiempo que considera a China como un “competidor” y “una amenaza”. De alguna forma, reiteró sus dichos durante una presentación en el Comité de Defensa del Senado norteamericano cuando advirtió que las fragilidades en los países de la región creaban un “terreno fértil” para los competidores de los EEUU. Conviene detenerse para interpretar dicha relación en las presentes circunstancias históricas en las que gran parte de los analistas de todo el mundo sostienen que el mundo podría estar encaminándose a una suerte de reedición de un esquema bipolar al estilo del de la Guerra Fría (1945-1989), esta vez protagonizada por los Estados Unidos y la República Popular China. Naturalmente, solo el tiempo determinará si efectivamente ello tiene lugar o si, como sostiene el experto Roberto Russell, ambos países marchan inexorablemente hacia una situación de “competencia inevitable y de cooperación imprescindible”. Pero lo cierto es que Biden ha declarado recientemente que el mundo puede sintetizarse en torno a una división entre “democracias y autocracias”, mientras que en una reciente cumbre en Alaska afloraron tensiones entre las potencias hasta el extremo de virtualmente vulnerar las más elementales formas diplomáticas. Otro desarrollo volvió a aumentar las preocupaciones de la Casa Blanca, cuando China firmó un ambicioso acuerdo con la República Islámica de Irán, un régimen abiertamente anti-occidental que promueve la destrucción de Israel a través de un inquietante programa nuclear. Pero la China de nuestros días es un adversario probablemente mucho más poderoso que la Unión Soviética. El imperio de Lenin, Stalin, Kruschov y Brezhnev adolecía de una falla de matriz, un error fatal que tarde o temprano solo podía conducirla a su colapso y que se encontraba en la base de un sistema económico contrario a la naturaleza humana. Henry Kissinger lo resumió en Diplomacy (1994), cuando explicó que “sencillamente, la Unión Soviética no era lo bastante fuerte ni dinámica para desempeñar la función que sus gobernantes le habían asignado”. Tal vez como nadie, los líderes chinos pudieron aprender las lecciones derivadas del fracaso del socialismo real. Desde la muerte de Mao en 1976 y la imposición de reformas de mercado por parte de Deng Xiaoping en 1978, China inició una senda de crecimiento alcanzando una virtual paridad económica con los Estados Unidos. Dotada de armas nucleares, un asiento permanente en el Consejo de Seguridad y una política de aumento constante de sus gastos militares, China es hoy indiscutiblemente el segundo país más poderoso de la Tierra. Algunos observadores remarcan que, en los hechos, China estaría llevando adelante una política inversa a la que desplegaba la antigua Unión Soviética. Esta visión destaca que los jerarcas del Politburó chino advierten que el liderazgo soviético cometió el error de incurrir en un “agobio imperial” a través de una política exterior expansiva, al tiempo que descuidó el declinante nivel de la calidad de vida de su población. China no ha incurrido en una guerra en los últimos 40 años. Su última incursión militar tuvo lugar en 1979, cuando luchó -y perdió- una olvidada guerra con Vietnam. Por el contrario, China ha profundizado su política de mejorar las condiciones de vida de sus habitantes logrando el más fabuloso proceso de crecimiento de su historia milenaria y consiguiendo sacar del feudalismo a cientos de millones de personas. El surgimiento de China como superpotencia económica despertó una extendida fascinación en buena parte del liderazgo oficialista. La fascinación de un importante sector del oficialismo con China solo parece ir en aumento. En un encuentro virtual realizado el año pasado, las autoridades kirchneristas del Partido Justicialista anunciaron orgullosas la creciente afinidad con el Partido Comunista Chino. En reiteradas oportunidades, el senador y ex canciller Jorge Taiana -probablemente la voz más autorizada en materia de política exterior dentro del kirchnerismo- abogó por una rápida adhesión de la Argentina a la Ruta de la Seda. En tanto, el gobierno argentino declaró que buscaría una política “pragmática” frente a los Estados Unidos. Para ello nombró allí a un embajador reconocido por propios y ajenos, pero en el plano de los hechos ha optado por una política que enfrenta a Buenos Aires con casi todas las iniciativas de Washington para la región. El gobierno argentino votó en contra de la reelección del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro. Al hacerlo, no solo se puso en la vereda de enfrente de los Estados Unidos sino en contra de la postura de nuestros socios del Mercosur y casi todas las capitales latinoamericanas. Más tarde, el propio Jefe de Estado argentino declaró pretender “cambiar el mundo” y cuestionó a sus pares de la región por adherir a la intención de los Estados Unidos de impulsar un candidato propio para presidir el Banco Interamericano (BID). A su vez, las presentes circunstancias tienen lugar en el marco de un descenso notorio de las relaciones de la Argentina con sus vecinos sudamericanos, tal como quedó demostrado fehacientemente en la última cumbre del Mercosur. La rivalidad entre China y los Estados Unidos está llamada a protagonizar las próximas décadas del escenario internacional y, si bien la mayoría de los expertos entienden que un enfrentamiento armado directo entre ambos gigantes es una posibilidad poco probable, aquella pugna está destinada a dominar el debate político global. Por ello, una lectura realista de las presentes condiciones históricas aconsejaría a que frente a ese escenario global, la Argentina debería promover una política prudente, cautelosa y en coordinación con nuestros socios del Mercosur. El director del Observatorio Sino-Argentino de la Fundación Nuevas Generaciones, Patricio Giusto, destacó recientemente que la nueva administración norteamericana ha emitido señales contundentes en relación a su política exterior hacia Latinoamérica. Señaló que “no habrá grandes cambios en comparación a la era de Donald Trump. De hecho, habrá una profundización del enfoque estadounidense en tres temas fundamentales, que impactan directamente sobre una mal parada Argentina: seguridad, derechos humanos y China”. Giusto explicó que la adhesión argentina a la Nueva Ruta de la Seda es “descontada” por Washington pero que “esta decisión tendrá un fuerte costo político”. El especialista también explicó que los EEUU consideran una “batalla perdida” la habilitación para que Huawei participe del 5G y que Washington “seguirá presionando” a la Argentina sobre el funcionamiento de la Estación china del Espacio Lejano en Neuquén, a la cual considera de alta criticidad en materia de la presencia militar de China en la región. A su vez, Giusto sostiene que en relación con una cuarta central nuclear, los Estados Unidos “siguen con mucha atención” este tema, que de concretarse implicará que “Argentina sería apenas el segundo país del mundo detrás de Pakistán en instalar un reactor con la tecnología china Hualong”, aunque recuerda que “para alivio de Washington, Alberto Fernández habría decidido volver a postergar el proyecto”. Giusto escribió que respecto a la cooperación en materia de Defensa, China definió a la Argentina como un “socio de enorme relevancia”, algo que “choca directamente con los intereses históricos de Estados Unidos en su área de influencia natural”. Solamente el tiempo determinará las formas en que se tramitarán las tensiones y rivalidades entre los Estados Unidos y China, y si ellas adquirirán la forma de una nueva Guerra Fría. Acaso sirva recordar al físico Robert Oppenheimer -considerado uno de los “padres” de la bomba atómica-, quien graficó las características de la Guerra Fría comparando a los Estados Unidos y la Unión Soviética como “dos escorpiones en una botella, capaces de matarse pero al costo de terminar con su propia vida”. Estas conjeturas, naturalmente, no tienen respuesta. El futuro determinará si el orden global del siglo XXI se parecerá al del siglo XIX o si replicará -con sus adaptaciones históricas- el caracterizado por una bipolaridad al estilo del de la segunda mitad del siglo XX. Un ex embajador con más de cuatro décadas de experiencia diplomática explicó que ante semejante lucha de potencias la Argentina aparece como “una hoja en el viento” en medio de una tormenta. Una política aconsejable indicaría extremar la cautela para evitar costos adicionales en un contexto de por sí muy complejo. Para una potencia media, una regla de prudencia elemental aconsejaría no incurrir en provocaciones gratuitas que afecten los intereses vitales y de seguridad hemisférica de un actor clave del sistema como siguen siendo los Estados Unidos, la nación que sigue siendo el país más poderoso de la Tierra.

Por Mariano Caucino
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