2020/11/29 Política

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Urge el renacer de una expresión de lo colectivo, de “la política”, que le devuelva a la sociedad la prioridad sobre los intereses privados

No existe un destino de fracaso más contundente que la falta de rumbo. Ningún viento es favorable para quien no sabe adónde va, expresaba Séneca vislumbrando quizás nuestro extravío. En otros tiempos, se discutían las ideologías, una convicción sobre el rumbo colectivo. La aparición de Francis Fukuyama tuvo el sentido de imaginar que la muerte del comunismo iba a dejar al mundo en manos exclusivas de los negocios. El capitalismo sin muro podía avanzar sobre el Estado y sus regulaciones, apropiarse de su desarrollo e imponer el egoísmo de lo individual sobre la necesidad de lo colectivo.

Europa pudo resistir el embate de los negocios sobre las naciones. Thomas Piketty, de pronto, desnudó la concentración económica y en consecuencia, la verdadera naturaleza del conflicto. Entre el Estado y los privados está la sociedad, esa que al dejarla en manos de los negocios es sometida a un empobrecimiento ilimitado.

Nosotros fuimos de los más dañados por la caída del muro y las predicciones de Fukuyama; los negocios se apropiaron del Estado a pura corrupción, robaron los servicios públicos convirtiendo una sociedad integrada en un empobrecimiento colectivo. Sus responsables -desde la Dictadura con Martínez de Hoz hasta Carlos Menem- imaginaron la fractura social en copia a los Estados Unidos rechazando el sistema europeo que hasta ese momento regía nuestro imaginario.

Había que ver la bandada de imbéciles que hablaron de “la decadencia de Europa”, enamorados del éxito de Miami, y que, con los mismos valores, terminarían temerosos del desarrollo de China. Se imponía la idea colectiva de nación devaluada por las “escuelas de negocios” como si la intermediación se hubiera convertido en una moderna fuente de riquezas.

Les molestaba -y les sigue molestando- el concepto mismo de “soberanía” porque fueron educados para ser gerentes de una colonia. El verdadero enfrentamiento se dio desde entonces entre lo estatal y lo privado, lucha que generó una supuesta ideología, y dado que el Estado es mal administrador por esencia, los ladrones privados se convirtieron, en consecuencia, en “buena gente”.

Esos tránsfugas que venían a expoliar al ciudadano robaron los servicios que teníamos prometiendo inversiones. La electricidad, el gas, el juego, los aeropuertos, los teléfonos, todo lo propio fue a parar a manos privadas. En esa época surgen los barrios cerrados y los countries, un nuevo mundo para alojar a los salvados del cataclismo de la nueva fractura social, como una moderna “Arca de Noe”.

La gran mentira es “la corrupción” como causa del caos en el que estamos. No, desde ya, porque no abunde, sino porque no alcanza para ocultar el saqueo. El modelo actual es inviable, destruimos la sociedad que fuimos, hija de la revolución industrial, para instalar un poder financiero desmesurado que se lleva más riqueza que la que generamos. Los bancos acumulan dinero de los ciudadanos para prestarlo al Estado, la degradación de la sociedad queda así en manos de los intermediarios de turno. Los ladrones, disfrazados de “inversores”, la explotación del ciudadano, devenida en “ganancia empresaria” y una mitad de la sociedad cayendo a la marginalidad.

La clase media fue aplastada por los poderosos; el asalariado, reducido a clase baja ya que debe renunciar a los consumos que supo sostener hasta su descenso. Con la presidencia de Macri, nuestra capacidad de consumo se redujo entre un 20 y un 25 por ciento. Pero quienes lo precedieron y sus herederos participan de una concepción similar. Fueron gestores del poder de Domingo Cavallo y condujeron la privatización de YPF para ganar el capital inicial de su poder político. Están todos mucho más imbricados en sus ganancias que lo imaginado. El mismo peronismo porteño es funcional al poder del jefe de Gobierno de la Ciudad.

En alguna medida retornamos a la confrontación entre patria o colonia. La antipatria se expresa en sus versiones de izquierda y de derecha, el resto son acusaciones. Las propuestas exigirían lastimar intereses que nadie parece dispuesto a tocar, eso explica su ausencia.

El radicalismo y el peronismo fueron expresión de la patria, nacieron para serlo, y no fueron los únicos. Hoy nadie ocupa ese lugar, la política solo expresa a los intermediarios. Urge el renacer de una expresión de lo colectivo, de “la política”, que le devuelva a la sociedad la prioridad sobre los intereses privados. Es necesario, imprescindible que aparezca.

La despedida de un grande convocó a la mejor literatura, pudimos leer con deleite hasta al mismo presidente de Francia. Y para completar la presencia de todas las versiones de lo humano, Pilar Rahola nos invitó a un recorrido por lo más selecto de la mediocridad. La versión elitista de los enriquecidos del dinero no deja de mostrar el empobrecimiento de sus espíritus.

Por Julio Bárbaro
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