2017/05/19 Política

POPULISMO, ANTIPOPULISMO Y PERONISMO

Argentina
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Texto completo de la exposición de Pascual Albanese en la comida de la Peña Eva Perón realizada el miércoles 17 de mayo

 Para empezar, un comentario autorreferencial, que nunca es
conveniente pero siempre halaga el ego. En julio 2008, en medio del
conflicto del gobierno de Cristina Kirchner con el sector agropecuario,
junto con mi amigo Jorge Raventos, aquí presente, y con Jorge Castro,
publicamos un trabajo titulado “La Argentina después de Kirchner”,
en el que decíamos que el sistema de concentración de poder político
y económico construido por Néstor Kirchner desde mayo de 2003 era el
principal obstáculo para la inserción del país en un escenario
mundial extraordinariamente favorable para la Argentina. El corolario
político era obvio: para avanzar, era necesario remover ese obstáculo.

     Por ese motivo, el 10 de diciembre de 2015 marcó casi
automáticamente la reinserción de la Argentina en el sistema mundial.
Más que un mérito de Mauricio Macri, este hecho fue una consecuencia
directa de la derrota electoral del kirchnerismo y su retirada del
gobierno y se materializó con el apoyo brindado por el peronismo en el
Congreso Nacional al acuerdo con los “hold outs”, que terminó con
la cesación de pagos.

       Si uno repasa las noticias de las últimas semanas, va a encontrar
en Venezuela y Santa Cruz los rasgos de dos historias paralelas, que
tienen como escenario sendas economías petroleras y rentísticas.
Nuestro amigo Moisés Ikonicoff, en su libro “De la cultura de la
renta a la economía de producción”, publicado en 1989, ya había
descripto las características y las consecuencias de ese fenómeno,
cuyo agotamiento estamos presenciando en Venezuela y en Santa Cruz.

       Pero conviene colocar este tema en debate político de hoy. Porque
en el plano discursivo,  en un remedo caricaturesco de la antinomia
entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, que signó el
debate intelectual y político mundial a lo largo del siglo XX, la
Argentina parecería asistir hoy a una controversia entre ese populismo
anacrónico, que nos gobernó durante doce años, usurpando el nombre y
la representación política del peronismo,  contra un elitismo
ilustrado que pretende enseñar al pueblo el camino a seguir.

     Desde algunos sectores del oficialismo y una parte importante de los
medios de comunicación, se pretende utilizar la crítica al populismo,
que es justa y legitima, como un instrumento para confrontar
electoralmente con un peronismo que, a pesar de sus hondas
contradicciones internas, avanza, trabajosamente y a los tumbos, en
busca de una actualización doctrinaria y una renovación política que
le permita recrear su identidad y volver a erigirse en una alternativa
de gobierno para la Argentina.

    En la edición  de hoy de La Nación, en su sección de opinión, hay
un largo artículo, a página entera,  firmado por Rogelio Alaniz, un
intelectual que integra el club político argentino (una suerte de Carta
Abierta del actual gobierno), cuyo título lo dice todo: “En  octubre
se elige entre Macri o Kirchner”. Con un título semejante es posible
ahorrarse la lectura del artículo….

   Lo que sucede es que esta campaña antipopulista utiliza al populismo
como frontón, pero  tiene en realidad como blanco al peronismo como
fuerza política. En lo táctico, apunta a generar una polarización con
el kirchnerismo que favorezca electoralmente al gobierno. En lo
estratégico, está orientada a sepultar al peronismo en el baúl de los
recuerdos de la historia.

   El elitismo, de obvia raigambre oligárquica, busca guiar a un pueblo
inculto por el camino del progreso. El populismo pretende utilizarlo
como masa de maniobra para ocupar la maquinaria del Estado, a fin de
usarla como instrumento de concentración de poder para favorecer a una
minoría privilegiada y parasitaria que se beneficia de ese control para
apropiarse de los  recursos públicos. Habla de los pobres pero
enriquece a la casta gobernante, a los López (se llamen Cristóbal o
José) y a los Kirchner (llámense Néstor, Cristina o Máximo).

   El común denominador entre estas dos concepciones es que ambas
coinciden en que el pueblo es incapaz de pensar y actuar por sí mismo,
o por lo menos que resulta peligroso que eso ocurra.

    En su reciente discurso ante un grupo de diputados europeos, Cristina
Kirchner puso en blanco sobre negro lo que ni el más atrevido de los
plumíferos del antipopulismo en la Argentina se había animado a decir:
“la sociedad  no está capacitada para leer lo que pasa detrás de las
noticias”.

    Esto revela que en los dos lados del mostrador, tanto del elitismo
como del populismo, existe una idéntica subestimación de lo popular.
Y, como bien me recalcaba hace unos días mi amigo Víctor Lapegna, para
poder encarnar políticamente los sentimientos y las aspiraciones de un
pueblo lo primero es amar a ese pueblo, en sus cualidades y aún en sus
defectos, y no despreciarlo.

    Pero como ahora el antipopulismo está de moda, conviene mostrar su
radiografía. Porque este debate se remonta a los orígenes del
pensamiento político. Platón, que preconizaba la “república de los
sabios”, desconfiaba del juicio de las mayorías. El lenguaje
político de la Atenas del siglo V A.C. contraponía a los “algunos”
(la elite ilustrada) y a los “numerosos” (la masa popular) como las
dos partes en que se dividía la sociedad. Platón entendía que los
”algunos” eran dueños de una razón superior, a la que los
“numerosos” no estaban  en condiciones de acceder.

   Para  Aristóteles, si bien era  innegable que, individualmente
considerados, cada uno de los “algunos” podía estar
intelectualmente mejor dotado que cada uno de los “numerosos”,
también era cierto que, numéricamente, los “algunos” eran muy
pocos y los “numerosos” eran muchísimos más y que, por lo tanto,
no era imposible que, si cada uno de ellos aportaba su cuota de lucidez,
esa suma podía totalizar una producción de conocimiento más
importante que la surgida de las elites.

   Con esa presunción, planteada hace 2.500 años, nació el argumento
fortaleció, desde el punto de vista científico, el fundamento ético
que otorga legitimidad a la democracia como sistema político.

       Ni el pensamiento elitista ni las visiones populistas comparten
ese supuesto sobre la sabiduría colectiva que anida en los
“numerosos” y que está en la raíz del sistema democrático.

    Como el pueblo es inculto, sólo puede ser guiado por las elites
ilustradas o manipulado por los demagogos, jamás  tenido en cuenta como
un protagonista de la política, y mucho menos de la historia.

    En el siglo XXI, la aceleración de la globalización acentuó esa
distancia entre las elites ilustradas, por definición son cosmopolitas
y trasnacionales (no es una crítica, es la mera  constatación de un
hecho), y los pueblos, que privilegian el valor del arraigo, esto es de
sus raíces, y la reivindicación de su  identidad.

   Las elites son “globalistas”, trasnacionales. Los pueblos tienden
a la afirmación de lo nacional, de aquello que les es propio e
intransferible.

     Hoy, ante la creciente ola de repudio de los pueblos, ya no sólo en
el mundo emergente o en América Latina, sino también en Europa y
Estados Unidos, las elites cosmopolitas responden con la acusación
indiscriminada de “populistas” contra todos quienes cuestionen su
derecho a gobernar, derivado de su condición de exclusivas propietarias
de la razón.

     En la Argentina, las invectivas apuntan directamente contra el
peronismo, considerado el único culpable de todos los males de las
últimas décadas. Para esa prédica, hay dos libros emblemáticos. Uno
es de Fernando Iglesias (“Es el peronismo, estúpido”. El otro es de
Silvia Mercado “El relato peronista”. Se destaca también, entre
muchos, un  “periodista estrella”: Jorge Fernández Díaz, en sus
habituales columnas en las páginas dominicales de La Nación.

    Lo curioso es que esta discusión trasciende las fronteras
argentinas. El 23 de mayo es la entrevista entre el Papa Francisco y el
presidente norteamericano Donald Trump. La reunión tiene un enorme
significado: se juntan el presidente de la nación más poderosa del
mundo y el líder espiritual más importante del planeta.

     Les propongo un ejercicio. Si uno busca en Google y pone
Trump-peronismo, va a encontrar docenas de referencias, la mayoría
bastante disparatadas. Si busca  Francisco-peronismo, encuentra ya no
decenas sino centenares de referencias, algunas disparatas y otras no
tanto....

   Lo mismo sucede con los medios periodísticos internacionales.
Financial Times de Londres, el diario emblemático de la City
británica, en agosto de 2016, titulaba: “Trump puede convertirse en
el Perón de Estados Unidos”. En febrero de 2016, ese premonición se
convertía en certeza y titulaba  “Un peronista en el Potomac”
(febrero de 2017).

   Sería también sobreabundante y extenuante mencionar las continuas
referencias de la prensa internacional a los vínculos entre Francisco y
el peronismo, utilizados muchas veces para descalificar a ambos...

    Lo significativo es que cuando en la Argentina florecen los
pronósticos acerca de la desaparición del peronismo, en el mundo,
involuntariamente y como rindiéndose a la evidencia, se derraman
interpretaciones que, con independencia de su veracidad objetiva, por su
sola existencia, demuestran aquello de que “los muertos que vos
matáis gozan de buena salud”.

  El populismo está de moda, sobre todo por el antipopulismo. Primero
fue el populismo “de izquierda”, un sucedáneo tardío y deformado
del marxismo, teorizado por Ernesto Laclau y propagandizado aquí por
los intelectuales de Carta Abierta, para ensalzar a la Venezuela de
Chávez y la Argentina de los Kirchner.

  Ahora es el populismo “de derecha”, que se manifiesta en Europa y
Estados Unidos como una rebelión  contra las elites ilustradas,
propietarias del saber simbólico, aquéllas que desde las academias,
las universidades, las usinas intelectuales y los medios de
comunicación deciden lo que está bien y lo que está mal.

     En el caso de la Argentina, esa rebelión contra las elites
ilustradas evoca la consigna de  “Alpargatas si, libros no!”
entonada por los trabajadores en las calles de Buenos Aires en las
jornadas de 1945, no como un ataque a la cultura, sino como una
reivindicación del saber popular, derivado del mundo del trabajo, y una
expresión de repudio a las elites ilustradas que rechazaban el ascenso
político del pueblo.

  Desde entonces, en la Argentina, los ataques contra el populismo, por
derecha o por izquierda, apuntan contra el peronismo. El personaje
político que hoy encarna más cabalmente esa actitud es Elisa Carrió.

    El principal error de esta imputación de “populismo” es que
ataca al peronismo por lo que no es. Porque, contra lo que afirma la
prédica incesante del antiperonismo de izquierda y de derecha, el
peronismo no es equiparable a ninguno de los múltiples especies de
populismo de distinto signo ideológico que se propagan por el mundo,
sea en América Latina, en Europa o en Estados Unidos.

   En un sentido estricto, el peronismo nunca fue un fenómeno populista,
sino el movimiento popular más importante de la historia de América
Latina, que es algo muy distinto. Esa condición de movimiento popular,
alimentada por una identidad doctrinaria que incluye la exigencia de una
constante adecuación a los tiempos, es la razón de su vigencia y su
continuidad a más de cuatro décadas de la desaparición de su líder,
un hecho que lo distingue de cualquier fenómeno populista de la
historia.

   Desde un principio, a partir de su gestión en la Secretaría de
Trabajo y Previsión, Perón distinguió conceptualmente entre
“masa“ y “pueblo” y enfatizó que la diferencia entre ambos
conceptos era el criterio de organización. “Sólo la organización
vence al tiempo”, “después de mi la organización” y “la
organización es el primer paso para cumplir cualquier obra” son
apenas algunas de una infinidad de afirmaciones suyas que corroboran la
permanencia de esa visión. No en vano su libro más importante se llama
“la comunidad organizada”.

   Para perón, el poder es organización y la organización es poder. En
su visión, el peronismo es “pueblocéntrico”, o sea actor y
protagonista de la historia. En ese sentido, puede decirse que el
populismo es histórica y estructuralmente preperonista.

     En su mensaje al Congreso Nacional del 1° de mayo de 1954, Perón
subrayaba: “deseo, como si se tratara de un sueño largamente
acariciado, que el tan mentado personalismo de Perón sea sustituido
cuanto antes por el personalismo del pueblo argentino, de nuestra
comunidad organizada”.

     En contraposición a los demagogos y populistas de todos los
tiempos, perón impulsó la organización de los “numerosos”, los
cabecitas negras, ese aluvión zoológico al que se refería el célebre
diputado radical Ernesto Sanmartino,  para transformar, como dijo en ese
mensaje de 1954, a una “masa inorgánica y amorfa” en un “cuerpo
organizado”.

    Lo más importante de la década 1945-55 no fueron las grandes
realizaciones sociales de esos años, sino la organización de los
trabajadores, que  permitió defender esas conquistas tras el golpe de
estado de 1955 y encarar, durante 18 años de proscripción, la lucha
por el retorno de perón, que implicaba la reconquista de la democracia
avasallada por los falsos defensores de “la República”.

    A diferencia la retórica populista, que coloca el acento social en
la atención de la marginalidad y la prioridad económica  en la
expansión del consumo,  y tal como señaló el propio Macri en el acto
del 1° de mayo en Ferrocarril Oeste, Perón rescata “la estrella
polar de la productividad”.

   En la cuarta de las “Veinte Verdades Justicialistas”, se señala
que “no existe para el peronismo más que una sola clase de lo
hombres: los que trabajan” y la quinta de esas Veinte Verdades afirma
que “el trabajo es un derecho y un deber porque es justo que cada uno
produzca por lo menos lo que consume”.

   Frente a una visión restrictiva de la democracia representativa,
defendida por las elites para limitar la participación popular en las
decisiones, y el contenido autoritario de la “democracia
delegativa”, enarbolada por los apologistas del “populismo” para
justificar su crítica a cualquier idea de institucionalidad, Perón
consideraba que “la única forma de conciliar el gobierno con la
libertad del pueblo es gobernar con las organizaciones el pueblo”. Es
una definición inequívoca por democracia participativa y la
concertación  social.

    Ante el cortoplacismo propio de todas las visiones populistas, que
privilegian lo inmediato con independencia de las consecuencias futuras
de las decisiones del presente, Perón siempre inscribió su acción en
una perspectiva de largo plazo, en una visión  estratégico de la
Argentina.

    Ante una visión apologética de la globalización, preconizada por
las elites cosmopolitas, y el rechazo a la globalización, utilizado
demagógicamente por el populismo, Perón afirmaba: “el hombre es el
único ser de la creación que necesita habitar para realizar
acabadamente su esencia. El animal construye una guarida transitoria,
pero el hombre es el único que instaura una morada en la tierra, esa es
la Patria. El universalismo constituye un horizonte que ya se vislumbra
y no hay contradicción alguna en afirmar en la posibilidad de sumarnos
a esa etapa naciente descansa en la exigencia de ser más argentinos que
nunca. El desarraigo anula al hombre y lo convierte en indefinido
habitante de un universo ajeno”.

     Un análisis del nuevo escenario mundial revela que esta visión
estratégica de perón adquiere hoy más vigencia que nunca. La
presencia de Francisco como personalidad política mundial responde por
supuesto a su extraordinario carisma personal pero también a  una
concepción doctrinaria: la teología del pueblo. Es la
universalización de una  corriente teológica nacida en la Argentina en
la década del 60, sellada a fuego por la experiencia histórica del
peronismo  basada en el rescate de lo popular.

    En Francisco, esa concepción doctrinaria está acompañada hoy por
un programa de acción, cuyo eje es el protagonismo de los
“movimientos populares”, una denominación que evoca a las
organizaciones libres del pueblo de las que nos hablaba Perón y que son
el pilar de la comunidad organizada del siglo XXI.

     El kirchnerismo quedó atrás. Venezuela y Santa Cruz así lo
demuestran. Lo de Santa Cruz tiene un enorme valor simbólico. Hace
muchos años  Jorge Asis señalaba que el modelo del kirchnerismo era
“la santracrucifixión de la Argentina”.

    Con la retirada del “kirchnerismo” y la asunción del gobierno de
Macri, con sus luces y sus sombras, la Argentina ha removido el
obstáculo que impedía su reinserción en el escenario mundial. La
opción de hoy no es entre elitismo oligárquico y populismo
anacrónico, no es entre Macri y Kirchner, como plantea Rogelio Alaniz
en ese artículo de hoy en La Nación. Tampoco entre gradualismo o shock
como discuten los economistas. La opción es entre una modernización
impulsada desde arriba, que ya mostró sus límites en la década del
90, o una modernización basada en el protagonismo del pueblo y en la
concertación social.

  Cuando Macri cita a Perón para decir que “la estrella polar es la
productividad”, aprueba la bolilla uno. Pero le falta aprobar la
bolilla dos: Perón lo dijo en el Congreso Nacional de la Productividad,
convocado a principios de 1955, con la participación de todas las
organizaciones de la producción y del trabajo, ante el   agotamiento de
un largo ciclo económico fundado en la expansión del consumo y la
necesidad de reformular el modelo económico para poner el acento en la
inversión productiva y adecuarlo a un cambio en el escenario
internacional.

   La disyuntiva estratégica de hoy es entre un camino de confrontación
o un camino de concertación social. Y en este terreno, otra vez el
peronismo, aún en su actual estado de horizontalización política,
asume la iniciativa, para enseñarle al gobierno de Macri el camino a
seguir. Miguel Pichetto, recogiendo una propuesta de nuestro compañero
Julio Bárbaro, organiza entonces en el Salón Azul del Senado Nacional
un acto público en la que expone Ramón Tamanez, un  ex dirigente del
Partido Comunista Español que participó en la gestación del
histórico Pacto de la Moncloa y en la que invitó a intervenir, por el
radicalismo,  a Ernesto Sanz, y en representación del PRO, al
presidente provisional del Senado, Federico Pinedo.

  Las recientes y crecientes reuniones entre los gobernadores peronistas
revelan también que, a pesar de sus enormes dificultades, el peronismo
empieza a renovarse con vistas al futuro.

  Porque ni el elitismo oligárquico ni el populismo anacrónico pueden
dar respuestas efectivas a los problemas del presente y menos aún del
futuro de la Argentina. Esa respuesta sólo puede surgir de la
conjunción entre un pueblo organizado y una dirigencia lúcida,
mancomunados de detrás de un proyecto nacional.

  El 10 de diciembre de 2015 empezó una etapa de transición entre el
legado del kirchnerismo y la construcción de una Argentina que sepa
articular las exigencias de la globalización con el imperativo de la
justicia social. Esa transición está a mitad de camino.

   En lo inmediato, están de por medio las elecciones primarias de
agosto y las elecciones legislativas de octubre. Es posible que en esta
mesa no tengamos todos la misma posición frente a ese desafío. Pero
seguramente todos vamos a coincidir en que en ambos casos, tanto en las
primarias de agosto y en las generales de octubre, la prioridad
táctica, sea por adentro o  por afuera de la estructura partidaria, es
la derrota del kirchnerismo en el peronismo de la provincia de Buenos
Aires.

    Porque estos resultados electorales de agosto y de octubre definirán
el escenario para impulsar una amplia y profunda   reconfiguración
política del peronismo para 2019, que nos permita eludir esa falsa
opción  entre el elitismo oligárquico y el populismo anacrónico con
la que se pretende dividir artificialmente a los argentinos y obstruir
la construcción del porvenir de la Nación.

 

Por Pascual Albanese
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